Orlando Ovando Bravo es recordado como una figura entrañable y fundamental en la vida espiritual, social y comunitaria de la región de Magallanes, especialmente en la Provincia de Tierra del Fuego. Su vida es testimonio de un compromiso profundo con los valores cristianos, la solidaridad y el servicio, forjando un legado que trasciende generaciones.
Nacido en Valparaíso el 18 de junio de 1939, su vida dio un giro determinante al trasladarse a Punta Arenas en 1960. Si bien su oficio como conductor y dueño de camión lo llevó a recorrer amplias zonas del país, fue su vocación cristiana la que marcó su huella más profunda. Desde mediados de la década de 1970, motivado por su fe y por el llamado del obispo Tomás González Morales, comenzó a realizar misiones pastorales en las zonas rurales más apartadas del sur chileno, donde la presencia de la Iglesia era escasa o inexistente.
Durante más de 30 años, Ovando dedicó su tiempo -fines de semana incluidos- a atender espiritualmente a comunidades en lugares tan remotos como Cullen, Timaukel, Puerto Arturo y la comuna de Primavera. En 1985 fue ordenado diácono permanente de la Diócesis de Punta Arenas, consolidando un trabajo pastoral que ya venía realizando con entrega, humildad y perseverancia.
Fue un constructor de comunidad en el más amplio sentido de la palabra. En Cerro Sombrero, su presencia fue determinante: promovió la participación familiar, organizó escuelas de evangelización, encuentros juveniles, grupos de confirmación y celebraciones litúrgicas. Uno de sus aportes más significativos fue la creación de la primera guardería infantil “Padre Alberto Hurtado” en 1996, que luego evolucionaría en el actual jardín infantil de la localidad, ofreciendo un espacio educativo y seguro para niños de la comunidad.
Ovando no solo llevó el evangelio, sino también esperanza, compañía y apoyo social. Su liderazgo fue silencioso pero poderoso, basado en el ejemplo, la coherencia, la cercanía y la empatía. A pesar de los desafíos logísticos y del aislamiento geográfico, nunca dejó de asistir a las comunidades rurales, siendo una figura constante en la vida parroquial y en el acompañamiento espiritual de las familias.
Entre los muchos momentos significativos de su vida, recuerda con especial cariño una Navidad celebrada junto a su familia en Cerro Sombrero, en la casa de su amigo Juan Carlos Pérez (Q.E.P.D.). Este gesto de comunión refleja el espíritu fraterno que siempre buscó cultivar.
La vida familiar de don Orlando también fue pilar de su historia. Estuvo casado con doña Inés Ulloa Canales (Q.E.P.D.), con quien formó una familia profundamente unida y orgullosa de su legado. Juntos tuvieron 4 hijos, quienes a su vez le dieron 4 nietos y 7 bisnietos, extendiendo así una descendencia que ha crecido acompañada por los valores que él encarnó: amor, fe, trabajo y compromiso comunitario.
Hoy, a sus 86 años, Orlando Ovando Bravo reflexiona con humildad sobre los reconocimientos que ha recibido. Para él, el verdadero premio está en cada persona que fue tocada por su servicio, en cada niño que jugó en el jardín que ayudó a crear, en cada liturgia celebrada en lugares remotos. Su legado es una vida de fe activa, que nos deja una enseñanza clara: amar profundamente y construir comunidad desde la entrega sincera.
Como él mismo expresa: “La única manera de hacer presente a Jesús es amando profundamente”. Su historia no es solo un testimonio religioso, sino también una inspiración para las nuevas generaciones sobre el valor de la dedicación, el compromiso y la solidaridad.
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